miércoles, 2 de mayo de 2012

Dejarse acariciar por el amor divino

Artículo escrito en febrero de 2011.

Dejarse acariciar por el amor divino

Desde el día 13 de febrero, en la ciudad de Burgos se mantiene abierta una capilla de la parroquia de San José Obrero constantemente, día y noche, para la Adoración Eucarística Perpetua. El Santísimo Sacramento, expuesto continuamente, derramando sus bendiciones continuamente.

Sin embargo, no es el único que se expone. Quienes vamos a adorarle también nos exponemos ante Él. Exponemos nuestra miseria, pero también nuestras pequeñas grandezas. Exponemos nuestras dificultades, las de los nuestros, pero también lo que nos da alegría, todo lo que queremos compartir con el Amigo que tenemos delante durante esa hora. Exponemos nuestro ser completo, nuestra vida, para que Él los transforme como quiera en ese encuentro personal, cara a cara con quien se dio por nosotros.

Ha costado ponerlo en marcha, pero los esfuerzos de quienes se han empeñado en ello desde el principio han dado sus frutos. A día de hoy somos más de 400 los que nos hemos comprometido a dar al Señor como mínimo una hora de nuestra semana. Y esperamos que, con el tiempo, ese número
aumente. Especialmente en las horas de madrugada, que son las que más cuestan, pero también las más especiales, las de más quietud.

La Adoración Eucarística Perpetua no es otra cosa que dejarse acariciar por elamor de Dios presente en la Eucaristía. No somos conscientes de lo que significa eso, de que Él está allí, realmente presente. Si lo fuéramos, no encontraríamos ninguna excusa para no ir. Si acaso, lo increíblemente indignos
que somos. Porque no hacemos ningún favor al Señor por adorarle, sino al contrario. Nosotros tenemos el deber de ser humildes y mostrarnos ante Él tal como somos, y la actitud correcta, por tanto, es la adoración. Y Él nos ha dado la bendición de que haya una capilla abierta día y noche en nuestra ciudad para que podamos ir a Su encuentro. Dios, el Ser por excelencia, el único que
realmente es, no contento con hacerse hombre en su segunda persona, se hace pan para nosotros. Él es nuestro alimento espiritual. Sin la Eucaristía, el católico desaparece por inanición. Es el mayor misterio del Amor, el mayor milagro que se puede hacer.

Que el Señor derrame abundantes bendiciones sobre nuestra ciudad y sobre todos los católicos, para que seamos un poco más coherentes y más conscientes de lo que significa que el propio Dios se dé a sus criaturas por puro Amor.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Un año de adoración perpetua en Burgos

Artículo escrito con motivo del primer aniversario de  la adoración perpetua en Burgos. Ha sido publicado en la revista Ecclesia el 3 de febrero de 2012 (versión digital) y en la misma revista en el número 3610 del 18 de febrero de 2012 (en papel), como carta al director en el Correo de Burgos del día 5 de febrero de 2012, en la sección de Religión del Diario de Burgos del día 12 de febrero de 2012, en la página web de la Adoración Eucarística Perpetua en España y en el semanario Alfa y Omega del día 8 de marzo de 2012, en la sección de cartas.

Un año de adoración perpetua en Burgos


8760 horas de adoración. Horas que se multiplican por cada uno de los adoradores que, cada semana, tenemos una cita en la Capilla de la Adoración Perpetua que se encuentra en la parroquia de San José Obrero de Burgos, abierta desde el 13 de febrero de 2011. Y se multiplican porque cada hora ante el Señor es distinta. Totalmente diferente a la anterior, y totalmente diferente a la del adorador que está a tu lado. Él hace diferentes todas las cosas.

Durante un año, de manera ininterrumpida, alrededor de 400 adoradores inscritos, además de otros muchos no inscritos, hemos estado, a toda hora del día o de la noche, frente a Cristo Eucaristía. Adorándole en silencio. Y esto es importante. En nuestro mundo, el silencio no se lleva. Hasta para un paseo de cinco minutos hay quien lleva los auriculares con la música a tope para aislarse de los demás. Pero aquí, en este espacio inundado por Dios, siempre tiene que reinar el silencio. Porque Él nos habla en el silencio de la oración. Y la única manera ya no de escucharle, sino al menos de oírle, es estar en silencio y atendiendo. Así hace Él las cosas. Sin ruido. Sin estridencias. Con suavidad. En la suave brisa, como entendió el profeta Elías.

En este sagrado silencio de la adoración, la criatura y el Creador se encuentran cara a cara. Dios te mira, tú le miras, y los corazones entablan un diálogo de amor que te transforma. A la vez nos encontramos solos con Dios y en comunión con los demás, con toda la Iglesia.

Sí, ya ha pasado un año. 365 días de derroche de bendiciones sobre la diócesis. Sobre los adoradores y sobre toda la comunidad. Un año entero permitiendo que cualquier persona, a cualquier hora, pueda ir a encontrarse con Dios. Cualquiera que quiera ver a Dios y tenga sed de Él, no tiene que irse muy lejos. En la Capilla de la Adoración Perpetua puede encontrarse personalmente con Él.

Dios quiera que siga apuntándose gente generosa que esté dispuesta a comprometerse durante una hora a la semana para encontrarse con el Amor de los amores, con el amigo que nunca falla, con el Hijo que nos hace hermanos. Con Jesucristo, hecho pan para ser el alimento de nuestra alma.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Pregón de Adviento 2011 para el CIPE


“Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel.” (Is 7, 14). Este versículo del profeta Isaías nos sumerge de lleno en el misterio de la esperanza que evoca el tiempo litúrgico que estamos a punto de comenzar.

El Antiguo Testamento está impregnado completamente de la esperanza en Dios. Se trata de una hermosa historia de amor en la que el Señor, por mucho que su pueblo le traicione continuamente, sigue dándole oportunidades para el reencuentro. Esto lo comprobamos, en primer lugar, en el Génesis, en el que, tras la caída del ser humano, vemos cómo Dios le promete al Diablo que el linaje de la mujer le aplastará la cabeza (Gn 3, 15), en lo que es el primer anuncio del Mesías.

Isaías le da un nombre a este personaje: Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”. A lo largo de todo el Antiguo Testamento encontramos la esperanza de Israel en la llegada de ese ungido por Dios que salvará a su pueblo.

El profeta Isaías también dice: “Una voz clama: «En el desierto abrid camino a Yahvé, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie. Se revelará la gloria de Yahvé, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahvé ha hablado.»” (Is 40, 3-5). Como bien sabemos, el testigo de esa preparación de los caminos del Señor lo recogió un nuevo profeta, Juan Bautista, el precursor del Señor. El desierto, en lenguaje bíblico, es un lugar de encuentro con Dios, pero también un lugar de prueba y desolación. Juan clamará desde él por la conversión de los corazones, precisamente porque la llegada del Señor estaba próxima. Así, Juan nos aclara cómo abrir el camino al Señor para poder recibirle adecuadamente. Él tuvo el privilegio de encontrarse con Él incluso desde el seno materno, cuando María visitó a su prima Isabel.

Pero la palabra de Dios no es letra muerta. Se actualiza a cada momento. Lo que era cierto entonces sigue siendo cierto ahora. ¡Dios nos pide que le preparemos el camino para su llegada! Como en los tiempos bíblicos, tenemos que abrir camino al Señor en el desierto, seguros de que viene. Pero, ¿dónde
está nuestro desierto?

No tenemos que hacer ningún viaje para encontrarlo. Está en nosotros mismos y en nuestro mundo. En primer lugar en nosotros mismos, ya que, reconozcámoslo, no somos precisamente buenos cristianos en muchas ocasiones. Nos cuesta hacer viva la Palabra de Dios, porque no es tan fácil como dejarla apartada, escondida, en algún rincón de nuestra memoria. ¿Cuántas veces nos conformamos  con un mero cumplir con Dios, en lugar de vivir en Él?

En segundo lugar, en nuestro mundo. ¿Acaso no parece un lugar de prueba y desolación? Sin embargo, es también un lugar en el que encontrar a Dios. Porque este mundo tecnificado y acelerado reniega de Dios mientras se deja a muchas personas por el camino. Si no tienes, no eres.

Nuestra obligación es preparar el camino al Señor. Y eso pasa necesariamente por la conversión de nuestro corazón. Si realmente nos creemos que somos queridos por Dios, que Él mismo se hace  presente en el prójimo, que se encarnó y nos salvó, esa conversión se reflejará en nuestra vida. Y nuestra vida podrá ir tocando otras vidas, anunciándoles la Buena Nueva: Dios te ama. Dios viene por ti, a salvarte a ti en exclusiva.

Dios quiere profetas que le anuncien, que preparen su camino, que recuerden a los pobres y a los marginados la esperanza de la venida de Dios. Sólo tiene esperanza quien confía en Dios. Nosotros debemos ser profetas de esa Buena Nueva, de esa esperanza. Debemos acercar a Dios a los demás en nuestra vida ordinaria. Porque “la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros” (Jn 1, 14), cumpliendo las profecías y dando fin y nuevo comienzo a la historia de la esperanza. Y decidió no abandonarnos jamás. Dios con nosotros.

Así pues, no podemos pasar este tiempo como si se tratara de un simple acercarse a las vacaciones. Tampoco de manera que parezca que no pasa nada. Hay que recordar que estamos en el mundo pero no somos del mundo. ¡Somos de Cristo Jesús! Por tanto, no estamos llamados a vivir estas fechas con un sentimentalismo simplón, que pasará a la vez que la Navidad y que, por cierto, es lo que nos tratan de vender continuamente todos los medios de comunicación. Nos inundarán con telemaratones y supuestos buenos sentimientos, pero con fecha de caducidad muy clara: tras la Navidad, se acabó.

Al contrario, estamos llamados a vivir la alegría de nuestra vocación a la santidad de forma sencilla, sin estridencias, pero transmitiendo la fe que nos impulsa adelante. Fe que, como indica Benedicto XVI en su carta "Porta Fidei", tiene que ser viva, con el corazón plasmado por la gracia que  transforma. De esta manera podremos transmitirla con todo nuestro ser, porque viviremos lo que creemos.

Esta época puede ser especialmente indicada para esa nueva evangelización que tanto necesita Europa y, por supuesto, España. En nuestros días, en este desierto de los países desarrollados mucha gente vive perdida, sin referencias a una Luz que les guíe o les centre. Les falta una esperanza superior, que llene su ser. En este contexto, como también nos recuerda la “Porta Fidei”, “como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (Jn 4, 14)”. Tenemos el deber de ser los portadores de esa agua, de ser la sal y la luz del mundo (Mt 5, 13-16). Se trata de una gran responsabilidad. Y el propio Jesús nos dice lo que pasa si la sal se desvirtúa: “Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres” (Mt 5, 13). De la misma forma, si no vivimos nuestra fe, difícilmente transmitiremos otra cosa que no sea hipocresía.

No seremos capaces de ser la sal y la luz del mundo si no preparamos el camino al Señor también en el desierto interior. De la preparación en ese desierto se derivará, necesariamente, la preparación en el desierto del mundo. Necesitamos la conversión. Todos y cada uno de nosotros. Miremos nuestro interior: ¿no es verdad? Cada uno sabe lo que lleva, lo que hace que no esté tan cerca de Dios como debiera. Quizá orgullo. Puede que soberbia. A lo mejor egoísmo. Todos tenemos valles que rellenar y montes que aplanar. Pero eso sólo lo podemos lograr colaborando con la gracia de Dios y dejando que Él nos salve.

La esperanza que se dio en la historia de Israel tiene que mantenerse en nosotros. Porque, igual que hay que preparar el camino al Señor, Jesús sigue naciendo hoy: nace en los corazones dispuestos a escucharle. Nace en los corazones que se abren a los demás. Y, muy especialmente, nace en el corazón de aquellos que siempre han sido sus predilectos: los necesitados.

Cristo viene a nuestro encuentro desde los pobres, desde los desfavorecidos. ¿Seremos capaces de reconocerle? Muchos no lo hicieron hace más de dos mil años porque era de condición humilde. Un simple carpintero nacido en un pueblo sin importancia. Sin embargo, no podemos evitar recordar que fueron precisamente los pastores, gente sencilla, los primeros que le fueron a adorar.

En nuestro contexto espacio-temporal, marcado por una profunda crisis moral, nos corresponde a los cristianos traer la esperanza. Porque nuestra esperanza no es simplemente humana, sino que tiene su fundamento en la fe, en la confianza en nuestro Señor, de cuya vida divina participamos por la gracia. En el prójimo vemos a un hermano. Es más, vemos al propio Cristo que nos interpela. Más aún en este tiempo de Adviento y Navidad, en el que tenemos presente el gran misterio de amor de un Dios que ama tanto a sus criaturas que se decide a adoptar su naturaleza. Se trata de hacer actual en nuestras vidas la historia de amor del Señor con su pueblo. La esperanza que hace más de dos mil años se condensó en un pequeño niño recostado en un pesebre, hoy se tiene que volver a vivir. Porque el Señor sigue viniendo y nos busca. Y lo que hagamos con el prójimo se lo hacemos a él. "En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis." (Mt 25, 40). Nuestra norma de vida es el amor. “Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza.” (1 Jn 2, 10).

Que este Adviento sea realmente para nosotros un tiempo de conversión y gracia, preparando el camino del Señor con alegría y anunciando con nuestra propia vida este encuentro para el que nos estamos preparando en nuestros corazones.

jueves, 6 de octubre de 2011

Paternidad

Artículo escrito en septiembre de 2011 y publicado en la revista Icono de la editorial Perpetuo Socorro, año 112, número 11, de Diciembre de 2011.

Paternidad

No hace mucho que soy padre. Ahora mismo, poco más de un mes (a lo que habría que sumar, claro está, las 41 semanas que ha estado Ignacio en el útero de su madre). Es nuestro primer hijo. Y nos podríamos pasar horas mirándole mientras duerme, mientras gesticula, mientras vemos cómo va desarrollando poco  a poco su potencial. Ahora dentro de las limitaciones de su edad. Pero eso también es aplicable a cualquier edad. Es maravilloso ver que, de repente, en sueños ya sonríe. Y no paras de esperar el día en el que te mire y sonría, esta vez despierto, porque te ha reconocido.

Se trata de una experiencia de amor. Experiencia que nos acompañará a lo largo de la vida,  desplegándose en toda la multitud de vivencias que iremos compartiendo. Desde estas primeras preocupaciones (¿respira bien? ¿duerme bien? ¿qué tal come?) hasta las futuras (¿cómo le va en los estudios? ¿por qué ha tenido que ser él uno de los despedidos?), los padres estamos ahí para amar a
nuestros hijos, ayudarles y guiarles en la medida de lo posible. Es la nuestra una vocación a desgastarnos por amor. Noches en vela, preocupaciones, sufrimientos, pero también amor, mucho amor. Y eso supera de forma infinita que lo podamos pasar mal en un momento dado. El amor le da sentido a todo. Sin amor, no tendría sentido ni el matrimonio, ni la paternidad ni la vida misma. La vida es una canción de amor, y esa canción merece ser escuchada.

Amar es servir, no se nos puede olvidar. Y eso implica cuidar de nuestros hijos de la mejor forma posible. No concibo que alguien que realmente ame pueda hablar negativamente del cuidado de sus hijos, salvo quizás por algún momento de debilidad de esos que todos tenemos a veces. Hoy, en un momento dado que no sé precisar, he sido consciente de que no sólo quiero protegerle y de que moriría por él, sino de que eso es precisamente lo que se me pide. Dios pone en nuestras manos una esperanza, y nos da la misión de cuidar de esa pequeña esperanza de manera que pueda encontrarse con Él, que pueda asemejarse a Él. Es una enorme responsabilidad para la que no sé si estoy  capacitado. Sólo sé que si Dios ha sido quien ha querido que Ignacio viniera, es porque Él sí confía en nosotros.

Por lo pronto, en breve le haremos el mayor regalo que podemos darle: el Bautismo. Un primer paso para ayudarle a conocer al Amor que se escribe con mayúscula.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Economía de comunión

Artículo publicado en la revista Icono de la editorial Perpetuo Socorro, año 112, número 8, de Septiembre de 2011.

Economía de comunión

¿No te has sentido nunca utilizado por tu empresa? ¿No te da la sensación de ser un recurso más, como un ordenador o un destornillador? Es como si toda tu vida tuviera que estar dedicada al trabajo, y todo lo demás tuviera que estar supeditado a los deseos de quienes están por encima en el escalafón. Y te pasas la vida pensando que, en realidad, con tu trabajo no ayudas a nadie. Sólo tratas de ganarte la vida procurando seguir siendo el más eficiente. Si no, acabas en la calle. Quien manda es el dinero y la capacidad de generarlo.

No es ningún secreto, sobre todo para quienes trabajamos por cuenta ajena, que las empresas, en la mayor parte de los casos (como en todo, siempre hay honrosas excepciones) no tienden a preocuparse más que de conseguir beneficios. Si acaso, le dan un barniz a base de colaborar un poco en algún
proyecto de desarrollo, para que parezca que ayudan a los demás. Pero, en la realidad, en la empresa se utiliza a los trabajadores como medios para conseguir los objetivos marcados. Las personas no se consideran como fines en sí mismos, sino como recursos a utilizar. El único fin es la empresa.

Por ello, cuando empecé a leer sobre la Economía de Comunión, me quedé fascinado. Nació como una inspiración de Chiara Lubich, la fundadora del Movimiento de los Focolares. La idea es, básicamente, poner las cosas en su sitio. Que la economía realmente sirva no como un fin en sí misma, sino para
ayudar a las personas. Que las empresas no sean una fuente de alienación para los trabajadores, sino que sean una oportunidad de desarrollo y realización para todos ellos.

Estas empresas, nacidas en el seno de las ciudadelas focolares, tendrían que dirigirse precisamente a ayudar a los demás, especialmente a los más necesitados. Las ganancias se utilizarían para desarrollar la empresa (en ningún momento hay oposición a que las empresas obtengan beneficios), para
mantener la comunidad y formar hombres nuevos.

Todo se basa en la idea de comunión y en la vocación cristiana, que lleva a darse a sí mismo por los demás. La propia empresa sería un lugar en el que todos los integrantes se estarían dando al prójimo, sabiendo que los beneficios ayudan realmente a la gente y a la propia empresa. No se trataría ni de
individualismo ni de colectivismo, ambos enemigos de la naturaleza humana. Se trataría de comunión, esto es, de darse cuenta de que estamos todos en el mismo barco y de que sólo se puede seguir adelante mirando unos por otros. Ni somos islas, como pretende el individualismo, ni somos una masa anónima, como pretende el colectivismo. Somos personas. Es algo que muchas veces se nos olvida.

Los hechos demuestran que no se trata de algo ingenuo. Unas 700 empresas por todo el mundo ya se han sumado a esta forma de hacer las cosas. Empresas que han recuperado la vocación de ser realmente fuentes de desarrollo que no se centran en ganar más y más, sino en la promoción humana.

Tratar de explicarlo de una forma más exhaustiva implicaría alargarse demasiado. Además, yo mismo no conozco más que un poco esta iniciativa. Y, como ya se habrá notado, lo poco que sé de ella hace que desee que se llegue a conocer por todas partes. Quien quiera más información, en la página web de la Economía de Comunión (http://www.edc-online.org) podrá encontrarla.

Pidamos a Dios para que esta iniciativa sea una ayuda a la humanización de la economía. Falta hace.

martes, 28 de junio de 2011

Un punto de partida

Artículo escrito en junio de 2010.

Un punto de partida

¿Qué es lo que nos hace católicos? ¿Creer intelectualmente una serie de verdades fundamentales, denominadas dogmas? ¿Dejarse enseñar por el Espíritu Santo, sin hacer demasiado caso a los dogmas? Hay que tener cuidado, porque los extremos no suelen ser buenos. La historia de la Iglesia nos puede dar buenas pruebas de ello, al mostrar cómo las distintas herejías iban surgiendo por dar demasiado énfasis a un cierto aspecto de la fe y descuidando otros.

Es tentador dejarse atrapar por cualquiera de los dos extremos. Un dogmatismo únicamente intelectual lleva a la división, al enfrentamiento con los demás. Siempre se va a ir midiendo si el de al lado cree tanto como yo, o si no cree en absoluto.

Por el otro lado, dejarse llevar por el Espíritu (o por lo que creemos que es el Espíritu) puede acabar haciéndonos pensar que somos Sus portavoces, que todo lo que hagamos está avalado por el mismo Dios. Al fin y al cabo, escucho al Espíritu. El problema está en discernir si realmente estoy escuchando al Espíritu o a una tentación, sea interna, sea externa. No sería el primer caso de alguien que, por supuesta obediencia a Dios, se aparta de la Iglesia y crea una fe paralela. O interpreta sus propios gustos como lo que Dios quiere de él, o se convierte en un crédulo que se traga todo lo que le dice cualquier otro supuestamente tocado por el Espíritu.

El católico tiene el deber de hacer que ambos extremos se diluyan en una armonía perfecta. ¿Y eso cómo se consigue? Tenemos que tener en cuenta, en primer lugar, que unos dogmas aprendidos de memoria y creídos de forma puramente ideológica no sirven para nada. Los dogmas católicos no son un punto de llegada, el final del camino. Al contrario, son un punto de partida. No se trata de pararse en ellos, sino de avanzar a partir de ellos, interiorizarlos dejándonos enseñar por el Espíritu, siempre bajo la guía de la Iglesia, que nos ayudará a discernir si realmente estamos escuchando a Dios o a nuestras propias ambiciones y temores. No podemos olvidar que los dogmas fueron inspirados por el Espíritu.

Así pues, no se trata de tener un catálogo de verdades que creer únicamente de forma ideológica. Eso no es el catolicismo. Se trata de vivir esas verdades, de dejar que nos cambien la vida, de dejarse impregnar por ellas hasta que podamos decir con San Pablo: “No vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.

domingo, 10 de abril de 2011

La muerte de Dios

Artículo publicado en la revista Icono de la editorial Perpetuo Socorro, año 112, número 4, de Abril de 2011, bajo el título "Dios ha muerto".

La muerte de Dios

Nietzsche es quizás el máximo representante de la idea de la muerte de Dios. Así, afirmó sin ambages, como una noticia alegre y triste a la vez: "Dios ha muerto". La doctrina de la "muerte de Dios" nos habla de la ruptura con el estado anterior de cosas en el que se hacía caso a las normas divinas y a la moral. Una ausencia absoluta de cualquier ser que pueda, de alguna manera, ser superior al hombre. Aquí encontramos la clave de esta peculiar "teología": no hay Dios, el único dios es el hombre, que mediante el egoísmo y la violencia deberá ponerse por encima de los demás para llegar a ser el "superhombre". No hay que extrañarse, al fin y al cabo es algo con una dolorosa lógica. Cuando, en la vida humana, Dios desaparece de la ecuación, ¿acaso no desaparece de la ecuación también toda referencia al Bien y al Mal? ¿Por qué
tendría que ser solidario con otra persona, por qué considerarle mi hermano, si no reconozco que tengamos un Padre común? ¿Qué motivo puede haber para que yo me compadezca de otro? ¿Acaso eso no es más que una debilidad heredada del engaño de ese supuesto dios que ahora, cuando el hombre ya ha
evolucionado, se descubre plenamente difunto? ¿No soy yo superior a aquel que necesita de mí de alguna manera? ¿Qué me puede detener en mi empeño en preocuparme únicamente de mí utilizando a los demás como me plazca? ¿Por qué no ocupar el puesto que deja vacante ese dios desaparecido?

Pero bueno, reconozcámoslo. Dios murió. Eso es totalmente cierto, murió en la persona de su Hijo. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre murió. Pero resucitó y nos trajo la esperanza de resucitar algún día también. Los cristianos debemos estar siempre alegres, porque sabemos que nuestro Dios nos ama
tan apasionadamente que es capaz de dejarse matar para pagar la deuda que tenemos con Él y quiere que vayamos a Él. Aun así nos da la posibilidad de elegirle o no, pero lo que Él quiere lo demostró en la Cruz. Esa es la mayor prueba de amor que se puede dar. Se trata de un Dios que entrega a su único Hijo para que todos podamos ser hijos suyos. Quien más motivos tendría para ser soberbio, quien realmente es superior a todo, ya que Él lo creó todo, en lugar de tratar de sacar provecho de su criatura o abandonarla a su suerte se
abaja a nosotros para elevarnos hasta Él. No fuerza nuestra voluntad, sino que respeta nuestra libertad. Y el amor que Él nos da, nos pide que se lo devolvamos a través del amor a nuestros hermanos, especialmente a los más necesitados.

Nuestro Dios está vivo, y es un Dios de vivos. Y el Dios de la vida, que se entregó a la muerte para traernos la vida, nos dejó un encargo muy importante: que igual que Él se entregó por nosotros, nosotros debemos entregarnos por nuestros hermanos. ¡Qué diferencia entre el endiosamiento de quien quiere matar a Dios y quien se abre al amor divino!

Esta Semana Santa tengámoslo muy presente: Dios se entregó a la muerte por amor a nosotros, y resucitó también por nosotros. Y no de una manera generalista, sino totalmente personalista, recordándonos a cada uno con nombres y apellidos. Que no se nos olvide nunca.